La mujer se para frente al espejo, se mira y comenta:
Sabes, querido, me miro en el espejo y me veo tan fea, tengo arrugas en la cara, los pechos se me están cayendo y las nalgas también, tengo las piernas gordas y los brazos flojísimos.
Se da la vuelta y mirando a su esposo, le pide:
Sé bueno, dime algo positivo, algo que me haga sentir mejor.
El marido la observa detenidamente, piensa un momento y le responde:
¡Pos... de la vista andas a toda madre!
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sábado, 19 de septiembre de 2009
miércoles, 24 de junio de 2009
Confesiones de un hombre
Nunca había entendido por qué las necesidades sexuales de los hombres y las mujeres son tan diferentes entre sí... Nunca había entendido todas esas chingaderas de que las mujeres son de Venus y los hombres de Marte... Y nunca había entendido por qué los hombres piensan con la cabeza y las mujeres con el corazón.
Pero una noche, mi esposa y yo nos fuimos a la cama.
Y bueno, empezamos a acariciarnos; el inevitable agarre de chichis, el trasero, etcétera.
La cuestión era que ya estaba lista, y en ese momento me dice:
“Ahorita no tengo ganas, mi amor… Tan sólo quiero que me abraces.”
Eso me lo dice con una cara de cínica… Yo dije:
“¿¡Qué!?”
Entonces me dijo las palabras mágicas de toda mujer:
“No sabes conectarte con mis necesidades emocionales como mujer…”
“¡No jodas!”, pensé.
Al final, el asunto era que esa noche no iba a haber cena. Guardé los aceites afrodisíacos, apagué las velas, quité el CD de Alejandro Sanz (en esos momentos casi siempre funciona), apagué el equipo de sonido, guardé las Tecates y demás. “¡’Che vieja!”
Me eché un regaderazo con agua helada a ver si así podía calmar a ‘la bestia' y me puse a ver Discovery, a todo volumen para no dejar dormir a la hija de mi suegra... Después de un rato me quedé dormido.
Al día siguiente fuimos de compras al centro comercial. Me fui ver los CDs y los DVDs, mientras ella se probaba tres modelitos carísimos Lacoste.
Como mujer al fin, no podía decidirse por uno u otro, le dije que se llevara los tres.
Entonces me dijo que necesitaba unos zapatos que le hicieran juego, a $1,200.00 pesos el par, le contesté que me parecía bien.
Luego fuimos a la sección de ropa deportiva, de donde salimos con unas chamarras Puma y una bolsa Louis Vuitton, o alguna chingadera de esas. ¡Estaba tan emocionada!
Yo creo que pensaba que me había vuelto loco, pero de todas maneras ella iba cargando las cosas.
Pienso que me estaba poniendo a prueba cuando me pidió una faldita muy corta, dizque para jugar tenis. Si no sabe ni correr, mucho menos jugar tenis.
Entró en shock cuando le dije que comprara todo lo que quisiera.
Ella estaba casi excitada sexualmente después de todo esto; entonces dijo la palabra mágica de toda mujer:
“Ven papito lindo, mi gordo hermoso…” y otras pendejadas que dicen las mujeres. “Vamos a la caja a pagar”, concluyó.
Fue aquí cuando, de repente, faltando sólo una persona para pagar, le dije:
“No, mi amor, creo que ahorita no tengo ganas de comprar todo esto.”
De verdad, ojalá le hubieran visto la cara, se quedó pálida cuando le dije:
“... Tan solo quiero que me abraces.”
Empezó a poner cara de que se iba a desmayar, se le paralizó la parte izquierda del cuerpo, le dio un tic nervioso en el ojo derecho y le dije:
“No sabes conectarte con mis necesidades financieras como hombre...”
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